¿Te ha pasado alguna vez? Entras a una reunión, una cita o una fiesta y piensas: «Tengo que pasarlo bien. Tengo que disfrutar esto». Pero al final te sientes peor que antes. Como si algo no hubiera funcionado.
Pues resulta que intentar forzarte a ser feliz puede hacer exactamente eso: hacerte sentir menos feliz. Y hay un estudio que explica por qué pasa.
Lo que descubrieron los científicos
Un grupo de investigadores quería entender qué pasa cuando hacemos de la felicidad nuestro objetivo principal. ¿Realmente ayuda? ¿O nos juega en contra?
Para averiguarlo, hicieron dos cosas. Primero, preguntaron a casi sesenta mujeres cuánto valoraban ser felices. También midieron su estado de ánimo y satisfacción con la vida. Todas habían vivido algo estresante en los últimos meses.
Después hicieron un segundo experimento con casi setenta mujeres. A la mitad les dijeron que la felicidad era lo más importante de la vida y que debían aprovechar cualquier oportunidad para sentirse felices. A la otra mitad les dieron un texto neutral. Luego les mostraron un vídeo alegre.
Los resultados fueron claros:
- Quienes más valoraban la felicidad se sentían menos felices en su día a día. Incluso mostraban más síntomas de tristeza.
- Las que recibieron presión para ser felices disfrutaron menos del vídeo alegre que el grupo que no recibió esa presión.
- Estas personas tendían a pensar cosas como «debería estar más feliz de lo que estoy». Esa brecha entre lo que sentían y lo que creían que deberían sentir las hacía sentirse peor.
¿Por qué pasa esto? Cuando conviertes la felicidad en tu meta principal, empiezas a comparar todo el tiempo cómo te sientes con cómo crees que deberías sentirte. Es como llevar un termómetro emocional en la mano. Y cada vez que miras y no marca lo que esperabas, te decepciona.
Esta presión interna hace que te fijes más en lo que falta que en lo que está pasando. Y eso, en lugar de ayudarte, te bloquea.
Cómo ponerlo en práctica
La buena noticia es que puedes cambiar esto con un pequeño ajuste en tu forma de pensar. No se trata de dejar de querer estar bien. Se trata de no hacer de eso una obligación.
Cambia tu pregunta antes de socializar
Antes de tu próxima reunión, cita o quedada, deja de preguntarte «¿cómo puedo estar muy feliz?» En lugar de eso, pregúntate: «¿Cómo puedo estar presente con esta persona? ¿Qué puedo descubrir o compartir con ella?».
Este cambio de enfoque te quita la presión de tener que sentir algo concreto. Y te abre la puerta a conectar de verdad.
Acepta un rango más amplio de emociones
Sentir nervios, aburrimiento o incomodidad en una situación social no significa que algo vaya mal. Estas emociones también forman parte de relacionarse con otros. Cuando dejas de juzgarlas como algo negativo, te permites ser más auténtico. Y eso, curiosamente, hace que las interacciones sean mejores.
Busca la conexión, no la emoción perfecta
En lugar de fijarte en si te sientes feliz o no, céntrate en lo que estás compartiendo con la otra persona. Una conversación interesante. Un momento de silencio cómodo. Una risa espontánea. Cuando tu objetivo es la conexión genuina, la felicidad aparece sola. Sin forzarla.
Perseguir la felicidad como si fuera una meta rígida te aleja de ella. Pero cuando te permites simplemente estar presente, sin exigencias, las cosas fluyen mejor. Y eso sí que te hace sentir bien.
Referencia: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/21497600/






















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